ARACNET 11 - Bol. S.E.A., nº 32 (2003): 325 – 357.
 
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Los Artropódos y el Hombre:

De los jeroglificos a los tebeos

Antonio Melic


Avda. Radio Juventud, 37;
50012 Zaragoza
amelic@telefonica.net


Resumen: De forma necesariamente sintética se rastrea la presencia de artrópodos en las principales culturas y civilizaciones de los cinco continentes a lo largo de los últimos 10.000 años, especialmente desde una perspectiva mitológica y simbólica. La abeja, el escorpión, la mariposa y la araña son los artrópodos más frecuentes y ricos en símbología de las culturas revisadas. Otros artrópodos, como la langosta, el escarabajo, la mosca, etc. han jugado papeles menores, aunque puntualmente intensos, en los sistemas de creencias antiguos. Desde esta perspectiva destacan por la riqueza artrópoda de sus mitos civilizaciones como la egipcia, mesopotámica, griega o maya. Otras culturas, mucho peor conocidas, muestran numerosos ejemplos del uso mitológico-simbólico de los artrópodos.

Palabras clave: Artrópodos, Etnoentomología, Mitología, Simbolismo.


From hieroglyphs to comics: arthropods in culture

Abstract: In a rather synthetic way, the presence of arthropods is traced within the main cultures and civilisations of the five continents in the course of the last 10,000 years, especially from a mythological and symbolic perspective. In the cultures under consideration, the bee, the scorpion, the butterfly and the spider are at once the arthropods with the greatest recurrence and the ones invested with the richest symbolic content. Other arthropods, like the locust, the beetle, the fly, etc., have played lesser, if momentarily intense, roles in ancient lore. From this point of view, some civilisations stand out because of the strong presence of arthropods in their myths: such is the case of the ancient Egyptians, Mesopotamians, Greeks and Maya. Other, less well-known cultures, include numerous examples of a mythological-symbolic use of arthropods.

Key words: Arthropods, Ethnoentomology, Mythology, Symbolism.



I N D I C E

1. Introducción
La unión de los contrarios
¿Cómo son percibidos los artrópodos por nuestra especie?
Una precisión previa

2. Paleolítico-Mesolítico
Abejas y saltamontes del Paleolítico

3. Mesopotamia
La aracnología sumeria

4. Egipto
Escarabajos y jeroglíficos egipcios

5. El Mediterráneo clásico
Abejas cretenses y mariposas griegas
Chinches acuáticos iberos

6. Oriente
Cigarras y grillos orientales

7. Africa y Australia
Mantis africanas
Piojos aborígenes y arañas del Pacífico

8. Mesoamérica
Geoglifos gigantes y anófeles incas
Mariposas mejicanas

9. Norteamérica
Arañas hopi

10. Conclusiones provisionales
Interludio sobre mitología comparada

11. Epílogo:
Los restos del naufragio artrópodo



La unión de los contrarios

A primera vista puede resultar un tanto aventurado mezclar dos palabras tan dispares como ‘artrópodos’ y ‘cultura’. La primera es una expresión de lo natural, de lo vivo; la segunda, es el resultado de un proceso acumulativo básicamente intelectual y, por tanto, humano. Una de las entradas de la palabra Cultura en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es: ‘Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social’. Por su parte, los artrópodos son, simplemente, la mayor colección de formas vivientes de este planeta desde los albores de la vida compleja hace un buen puñado de millones de años. Ningún otro conjunto de organismos emparentados tan estrechamente ha presentado, ni ahora ni en el pasado, tal diversidad de variaciones sobre un mismo patrón, negando, en cierta forma, la hipótesis matemática de que lo finito no puede contener lo infinito. Si además de lo morfológico, consideramos su plasticidad ecológica, el resultado es de tal magnitud que asusta y acompleja. ¿Quién sabe si, en el fondo, las cuitas y enfrentamientos entre nuestra especie y los artrópodos, no son si no una forma bárbara de expresar nuestro temor?

Este planeta, digan lo que digan los escritos y el cine, no es, ni ha sido nunca, el planeta de los simios y sus parientes, los humanos, sino el de los artrópodos. Tan sólo dentro de mundo simplificado de los organismos unicelulares es posible encontrar un grupo que pueda hacer sombra a los artrópodos, pero los datos disponibles son de momento simplemente especulativos.

El modelo artrópodo, a diferencia de otros clásicos de nuestra historia geológica, no es una moda pasajera o circunstancial. Sus colecciones triunfaron ya en las pasarelas del Cámbrico marino, en los tiempos húmedos y profundos, cuando la edad de la vida compleja daba sus primeros balbuceos durante el incipiente Fanerozoico –es decir, hace unos 550 millones de años. Muchos de aquellos modelitos experimentales cayeron pronto en el olvido vencidos por lo impredecible de lo vivo en plena efervescencia, pero por suerte, la memoria fósil nos ha devuelto algunas de aquellas estrafalarias maravillas. Los trilobites, que parecen una simple curiosidad mineral para usar como pisapapeles por los no paleontólogos, medraron durante 300 millones de años en los mares paleozoicos, casi el doble de tiempo que toda la historia de los cinematográficos dinosaurios y 100 veces más que nuestra propia especie.

Probablemente los artrópodos fueron también los primeros invasores de la tierra firme gracias a un vestuario fundacional, pret-a-porter, adecuado para todo tipo de ocasiones y, por lo que se ve, para todo tipo de medios. Escorpiones de un metro de largo o gigantescos antepasados de los milpiés de dos (y casi medio metro de anchura) camparon a sus anchas durante el Carbonífero incluso en lugares muy próximos a donde escribo estas líneas. Luego, entre cataclismos y hecatombes dramáticas que nunca pudieron con ellos, los artrópodos, y en concreto los insectos, extendieron su dominio a todo el planeta, expandiéndose durante el Terciario gracias a una considerable especialización en la explotación de los nuevos recursos vegetales.

Hace un instante, en términos geológicos, apareció el hombre con ínfulas de gran modisto francés y modos de Atila ecológico (la próxima hecatombe —ya es sabido— no tendrá nombre de periodo geológico, si no muy probablemente de especie). Y con él llegó lo que conocemos como ‘cultura’. Ésta, en realidad, es una entidad omnívora e insaciable: se alimenta de todo aquello que es o ha sido en algún momento percibido –interiorizado– por la especie humana y, por tanto, de todo aquello que le rodea, para transformarlo en algo nuevo, subjetivo, domesticado, alterado por el conjunto de sentimientos, preferencias y temores del observador. La ‘cultura’ no explica lo natural (eso, le corresponde a la ciencia); es más bien la expresión de cómo percibe la especie humana lo natural, que suele ser algo bien distinto. Se trata, pues, de una simple versión, a la que ni siquiera se exige fidelidad al original. Algo así como el ‘arte abstracto’, en el que el objeto o sujeto reproducido es sólo una excusa para expresar otras ansias, temores o placeres más profundos o superficiales, pero ajenos con frecuencia al propio modelo (al menos, eso dicen los expertos, con más retórica que lógica).

Sea como fuere, la cultura ha colectado, masticado y digerido a los artrópodos y nos ha entregado una visión nueva, estrafalaria en algunas ocasiones, próxima en otras... pero rara vez exenta de prejuicios. Lo realmente asombroso, no obstante, es que esas imágenes distorsionadas no son aleatorias ni discordantes si no repeticiones, copias casi perfectas –entre ellas– que terminan por engendrar símbolos universales y arquetipos. Intriga, cuando no asusta, las coincidencias entre ideas que fueron expresadas en civilizaciones alejadas por océanos de tiempo y espacio; entre sociedades que según nuestros conocimientos actuales no tuvieron contacto alguno. ¿Cómo asignaron los mismos poderes, facultades y maldiciones a los mismos organismos? ¿Por qué no eligieron otros?.


¿Cómo son percibidos los artrópodos por nuestra especie?

El hombre tiende a ordenar las cosas, a clasificar el mundo que le rodea utilizando criterios que son marcadamente antropocéntricos (o culturales). No debe de extrañar que a pesar del criterio de los sistemáticos, la clasificación más ampliamente extendida de los artrópodos es la que los separa entre útiles y perjudiciales. Lo curioso es que esta clasificación deja fuera al 99,7 % de los artrópodos conocidos, es decir, a todas aquellos que no producen un beneficio o perjuicio a nuestra especie medible en términos económicos o de disfrute/daño inmediato. Como clasificación es tan válida como cualquier otra, pero olvida, en un limbo absurdo y enorme, a un tercer grupo, el de las especies ‘neutras’ o indiferentes.

Del millón de artrópodos bautizados taxonómicamente se conocen unas 3.000 especies perjudiciales. La ‘maldad’ artrópoda puede medirse en términos de competencia por los recursos. Entre ellos se cuentan especialmente los vegetales y otros animales, pero también el propio cuerpo humano (‘comestible’ desde ciertas perspectivas). El 20% de las cosechas mundiales termina en el tracto digestivo de los insectos; a ello hay que sumar un porcentaje variable de consumo que se produce en cualquiera de las fases posteriores a la recogida de la cosecha. Los animales domésticos, como nosotros mismos, sufrimos el ataque de artrópodos parásitos. El consumo artrópodo va mucho más allá de los alimentos y si nos permitimos una cierta ironía, habría que decir que tal vez la forma más directa de relación de los artrópodos con la cultura son los daños directos que éstos producen al patrimonio histórico y cultural, es decir, el consumo —real y no metafórico— de obras de arte de los refinados comedores de papel antiguo, de lienzos, de maderamen y artesonados...

A esta dura competencia, puede sumarse una serie de conflictos que podríamos llamar accidentales, derivados exclusivamente del hecho de compartir nicho. La convivencia con los vecinos, especialmente en casos de hacinamiento, suele ser problemática y un trillón de insectos junto a 6000 millones de personas vivimos en el mismo domicilio. En esta situación podríamos catalogar la existencia de las fobias, de la transmisión de enfermedades o de las patologías asociadas al envenenamiento y alergias. Sin embargo, lo cierto es que ningún quelícero, colmillo, glándula venenosa o pelo urticante ha evolucionado para envenenar o molestar a nuestra especie, pero ocurre.

El listado de artrópodos beneficiosos es lamentablemente breve dentro de esta clasificación. Tal vez uno o dos centenares de especies. Miel y algunos otros productos como la seda, algunos principios activos extraídos de sustancias artrópodas y, por supuesto, los insectos polinizadores como ‘entidad abstracta’ benéfica. Eso es todo. En un segundo plano aparecen otras actividades beneficiosas de los artrópodos como degradadores (dentritívoros, coprófagos y necrófagos), controladores biológicos (son ‘buenos’ porque matan a otros insectos), indicadores biológicos (incluyendo entomología forense y paleontología), como fuente de alimentación, objeto científico o estético, etc.

Lo curioso es que el principal servicio de los artrópodos apenas es percibido. Se trata de su participación directa en el adecuado funcionamiento de los ecosistemas y, por tanto, de los servicios vitales que éstos nos prestan (reciclado de carbono, oxígeno e hidrógeno, control del clima, control del ciclo hidrológico y depuración de aguas, formación y conservación del suelo, ciclo de nutrientes, tratamiento de residuos, polinización o conservación de la biblioteca genética...), aunque sea preciso reconocer que también es algo accidental y no fruto de una acción premeditada de apoyo ecológico a la supervivencia de nuestra especie. Todo ello tiene que ver muy directamente con el problema de la valoración de la Biodiversidad y sus dificultades para cuantificar, en términos homogéneos, comprensibles para una mente mercantilizada, los diferentes componentes de esa magnitud. La consecuencia es la injustificada existencia de un ejército de organismos inútiles.

En este artículo, no vamos a ocuparnos de los artrópodos desde el punto de vista de su valor de uso directo. La utilidad material o el perjuicio (terreno fértil de la entomología aplicada y de la ecología, si transcendemos el simple valor de uso inmediato) sólo será considerada de forma marginal. Aquí nos interesa destacar un papel aparentemente menos importante, el de los artrópodos como mito o elemento simbólico y éstético en el marco de las diferentes culturas humanas. El hombre ha intentado explicar el Cosmos y a sí mismo a través de complejas teorías mitológico-religiosas elaboradas a partir de una determinada percepción del mundo que le rodea. La mitología no es sólo un sistema de creencias primitivas; sino una forma de comprender los miedos, deseos y sentimientos de las sociedades que nos precedieron y que forman parte de nuestra infancia cultural. Los símbolos son puentes entre las formas y objetos y los sistemas de creencias, entre lo material y lo espiritual o entre lo natural y lo cultural. Con frecuencia, las mitologías cambian, o simplemente son sustituidas; por el contrario, los símbolos perviven, permanecen más o menos incrustados en las diversas culturas. La estética, entendida en un sentido amplio como el conjunto de manifestaciones artísticas de cada época, recoge y representa a unos y a otros y nos los trae, en forma de lienzos, geoglifos, esculturas o expresiones literarias, hasta el borde del tercer milenio d. C. Ahí es donde vamos a intentar rastrear la presencia y comprender el papel de los artrópodos.

Lo que sigue no es técnicamente entomología, sino más bien antropología, pues no vamos a estudiar insectos o arañas si no la forma en que éstos son recogidos en diversas expresiones culturales y artísticas del hombre durante los últimos miles de años.

La empresa es ciertamente pretenciosa, porque si hemos de hablar de los artrópodos en los modos de vida y costumbres, en las manifestaciones artísticas y culturales sería preciso dedicar bastantes páginas a este propósito. La definición de ‘cultura’ que hemos dado en la entrada llevaría a dedicar capítulos enteros a cada una de las grandes civilizaciones que han prosperado a lo largo de la historia. Más aún, casi puede decirse que toda sociedad o colectivo que en algún momento y lugar han conseguido conformar eso que llamamos una cultura propia o han dejado, al menos, un conjunto mínimo de expresiones artísticas, incluyen referencias a los artrópodos. A pesar de todo, vamos a intentarlo...

Una precisión previa

Hogue (1987) abrió su artículo ‘Cultural Entomology’ señalando las tres áreas básicas a las que nuestra especie dedica su energía intelectual: la supervivencia, el conocimiento científico y el conjunto de actividades que hoy son conocidas como ‘humanidades’ (de la religión al arte). La entomología, entendida en un sentido amplio, forma parte de cada una de esas actividades. La primera, relacionada directamente con la satisfacción de necesidades primarias, es la entomología aplicada o económica; la segunda, vinculada al intelecto, es la entomología académica o científica y la tercera, es la entomología cultural, aquella relacionada con la dimensión espiritual y artística de nuestra especie. Esta división, a pesar de su aparente sencillez, puede plantear múltiples problemas para encajar determinados elementos o conocimientos en una u otra división. Así, por ejemplo, la entomofagia, cuando ésta es un proceso habitual en las costumbres alimenticias de un grupo social es entomología aplicada. Sin embargo, cuando el consumo de insectos está relacionado con actividades rituales o religiosas forma parte de la entomología cultural (Hogue, 1987).

Otro problema sutil se plantea con la separación entre entomología cultural y etnoentomología. Para Hogue (1987), la segunda es la forma en que se relacionan artrópodos y humanos en las llamadas sociedades primitivas. Por tanto, sería una parte de la primera. Otros autores (por ejemplo, Leclercq, 1999) consideran la etnoentomología como algo más amplio, no circunscrito exclusivamente a las sociedades primitivas y, por tanto, la entomología cultural sería un simple sinónimo de aquella. En este sentido utilizaremos ambos conceptos.

En la elaboración de este artículo hemos consultado un elevado número de fuentes documentales. Los datos de carácter histórico proceden de la Historia de la Humanidad Salvat (1984) en 30 vols. e Historia de la Humanidad de Editorial Arlanza (2000), también en 30 vols. Ambas obras tienen autoría múltiple. Para revisar la mitología de algunas civilizaciones han sido consultadas diversas obras: Mitología (R. Willis coord., 1993), de ámbito mundial; McCall (1994) para Mesopotamia y Sarkhosh (1996) para Persia; la compleja mitología y simbología egipcia ha sido revisada a través de Cambefort (1987, 1994), Lurker (1991), Baines & Pinch (1993), Wilkinson (1995) y Martín-Piera (1997); para los mitos griegos se utilizó Davis & Kathirithamby (1984), Bellés (1997a) y Moret (1997). La escasa información disponible sobre los Iberos procede de Moret (1996). Respecto a culturas americanas se consultó especialmente Tozzer & Allen (1910), Beutelspacher (1989), Heyden & Baus Czitrom (1991), Vargas-Musquipa (1995) y Taube (1996), así como diversos capítulos del volumen ‘Los indios americanos.

Mitos y leyendas’ coordinado por C. F. Taylor (1995). En cuanto a simbología fueron consultadas especialmente las siguientes obras: Saunders (1996), Cirlot (1997, la edición original es de 1958), Husain (1997), Bruce-Milford (2000), Cooper (2000) y Grossato (2000). Una fuente fundamental de información ha sido varios de los trabajos publicados en el volumen monográfico del Boletín SEA ‘Los artrópodos y el hombre’ en 1997. Otras obras consultadas figuran en la bibliografía final.

Abejas y saltamontes del Paleolítico

Bellés (1997b) presenta una síntesis de los conocimientos disponibles sobre las relaciones entre los artrópodos y el hombre prehistórico en el marco mediterráneo. De ahí hemos extraído las siguientes notas. Las primeras expresiones que pueden ser razonablemente asignadas a artrópodos pertenecen a utensilios del Magdaleniense con unas antigüedad estimada de unos 10.000 años. Entre ellos, destacan diversos amuletos colgantes en lignito de la Gruta del Coleóptero, Bélgica que parecen representar un coleóptero bupréstido (fig. 1) (Cambefort, 1994). Piezas similares, representando ‘mariquitas’ (coleópteros coccinélidos) según unos o animales fantásticos, según otros (pero también, según otras opiniones, el sexo femenino, todo un clásico de la iconografía antigua), se han encontrado en el Pirineo francés y en diversos lugares de España.

No obstante, la representación más enigmática de este periodo es el famoso hueso de bisonte hallado en la Gruta de los Tres Hermanos (Francia) que incluye el grabado de un ortóptero (saltamontes), posiblemente cavernícola. Se trata de un saltamontes áptero con el dorso muy convexo y las patas relativamente robustas y cortas (fig. 2). Chopard (1928) se atrevió a identificar el género (Troglophilus).

El Mesolítico trae consigo el llamado arte parietal levantino con aproximadamente unos 5.000 años de antigüedad.En numerosos casos se muestran claramente acciones de individuos recolectando miel con las abejas zumbando a su alrededor (Ripoll Perelló, 1984; fig. 3).Existen ejemplos de este tipo de representaciones en Castellón, Valencia, Teruel, etc., aunque en algunos casos puedan plantear dudas sobre la auténtica naturaleza de la escena a consecuencia de su esquematismo. También existen ejemplos de pinturas rupestres similares en Zimbabwe (aplicando humo para recolectar la miel) y en Suráfrica y laIndia, cuyas imágenes permiten identificar a la especie (Apis dorsata) gracias a la forma característica de los nidos (las abejas, sin embargo, aparecen representadas por un simple punto) (Bellés, 1997b).

Probablemente el sentido de las escenas mesolíticas de recolección de miel eran rituales mágico-religiosos o propiciatorios, de forma similar a las más conocidas relacionadas con la caza. Por tanto, consistían realmente en una actividad ‘práctica’, tendente a garantizar la continuidad del recurso. Mucho más intrigante es el caso del ortóptero. Bellés (1997b) nos recuerda que los saltamontes son un alimento consumido en algunas culturas y, por tanto, la representación podría tener el mismo sentido. No es difícil suponer que la captura de grandes saltamontes (tan abundantes en algunos prados pirenaicos en verano) pudo constituir un recurso, al menos alternativo, para matar el hambre en momentos de necesidad o caza escasa. Juegan a favor de esta hipótesis algunos factores: el relativo gran tamaño de algunas especies de tetigónidos de matorral, su abundancia en determinados periodos y lugares y la facilidad para recolectarlos en gran número sin acometer esfuerzos excesivos. Marvis Harris (1989), que se ha ocupado de la cuestión de los hábitos alimentarios en diversas culturas actuales y primitivas, señala la ausencia de estas circunstancias como la clave por la que los insectos y otros pequeños animales no forman parte habitual de la dieta de muchos pueblos, a pesar de que su rendimiento en términos nutritivos es proporcionalmente superior al de la carne ‘roja’. Sólo en muy contadas ocasiones el esfuerzo de recolección de artrópodos (por lo general, pequeños y dispersos) es compensado en términos de rendimiento calórico obtenido. Algo que sí puede producirse en momentos y lugares concretos, gracias a la acumulación de individuos (especialmente si son de gran tamaño).

Sin embargo, la precisión artística del tallado del ortóptero cavernícola mencionado (que permite incluso ejercicios de identificación taxonómica), hace pensar en algo diferente a la simple ceremonia de propiación. Tal vez una muestra de arte por el arte o, como señala el propio Bellés, el interés por estas bestias del primer naturalista de la historia. Otro tanto podría indicarse de la representación de otros artrópodos en la misma época, como ciertas figuras de arañas (Beltrán Martínez, 1993; Bellés, 1997; fig. 4-5), si bien la propia identificación del animal plantea en ocasiones algunas dudas. Lo cierto es que difícilmente puede considerarse a la araña un ‘recurso alimenticio’ y su sentido resulta misterioso.

La aracnología sumeria

Mesopotamia fue habitada hace 35.000 años (como mínimo). Durante el Paleolítico y Mesolítico se desarrollaron diversas culturas de las que quedan muy pocos vestigios (Roaf, 2000). Aproximadamente hacia el 3.500 a. C. puede datarse el comienzo de la auténtica Historia de la Humanidad con los Sumerios. Este pueblo desarrolló la escritura y el urbanismo (en sus ciudades-estado), lo que permite arrancar el prefijo ‘pre’ y comenzar la etapa histórica. La historia de la región es una continua y convulsa sucesión de invasiones, guerras y enfrentamientos, con algunos periodos de paz y prosperidad. Semitas, sumerios, acadios, qutu, hititas, etc. son algunos de los pueblos y naciones que se aposentaron en estas regiones.
La entomología cultural de la época sumeria es de carácter fundamentalmente aracnológico. Los dos artrópodos más importantes en su mitología son el escorpión y la araña.

Los astrónomos de Babilonia fueron los primeros en estudiar el firmamento y las trayectorias de los astros hace unos 4.000 años (algo menos según ciertos autores). Tauro y Escorpión fueron probablemente las primeras constelaciones en ser reconocidos. A pesar de esta identificación,los escorpiones son considerados elementos malignos y con frecuencia el escorpión recibió el trato de ‘demonio’ (así aparece en la Biblioteca de Asurbanipal, s. VII a.C.). No resulta difícil asociar las condiciones ambientales de la región geográfica con estas ideas en torno a los escorpiones. Salvo los fértiles valles fluviales del Éufrates y Tigris, el resto del territorio son estepas y desiertos, o cordilleras en las que la subsistencia debió ser muy dura. La zona está habitada por un buen número de especies de escorpiones, muchos de ellos peligrosos, y su presencia es predominante en los lugares áridos. Por tanto, los escorpiones, además de animales agresivos y un peligro directo, probablemente fueron considerados animales malignos asociados a lugares duros, yermos e inhóspitos, simbolizando la sequía y el desierto. Así, por ejemplo, el pueblo qutu, ‘bárbaros del norte’ de los que apenas hay noticias, eran conocidos por los sumerios como los ‘escorpiones de las motañas’, aunque ello no impidió la firma de una alianza con la dinastía de Ur frente a los acadios, que, por cierto, terminó en una suerte de traición, otro concepto relacionado con el escorpión como animal maligno.

La iconografía cristiana ha utilizado con frecuencia esta idea y diversos cuadros muestran escorpiones a los pies del crucifijo en alusión al comportamiento del pueblo judío. La idea de traición puede estar relacionada con los hábitos de caza y aparente agresividad de algunas especies, pero también con su singular morfología: la de un animal que se aproxima con los brazos abiertos, con la aparente intención de fundirse en un abrazo fraternal para, inmediatamente, lanzar el aguijón que te golpeará fatalmente en la espalda. En las figs. 6 y 7 pueden verse fragmentos de ‘kudurrus’ o documentos reales de tiempos de Nabucodonosor con más de 3.000 años de antigüedad. Otro ejemplo son los cilindro-sellos (fig. 8). Los escorpiones u hombres-escorpión eran guardianes de la Puerta del Sol, las Montañas del Este y las Puertas Dobles. Los escorpiones se asociaron posteriormente (en Babilonia) a Ishtar. Otra muestra de estas ideas es el personaje Pazuzu (fig. 9), un importante demonio mesopotámico y una criatura de cabeza deformada, con alas de águila, dientes y garras de león y cola de escorpión. Se trata de la personificación de la tormenta que causa desastres y, por supuesto, su morada es el desierto. Sin embargo, como luego veremos en el caso de los escorpiones en Egipto, es el protector frente a las plagas y otras fuerzas del mal (especialmente los desastres naturales). Resulta bastante evidente (sin poder afirmarse de forma rotunda) que los sumerios y asirios temían a los escorpiones por las razones anteriormente indicadas, pero al mismo tiempo, como buenos agricultores, fueron capaces de percibir el servicio ecológico que estos seres aparentemente malignos les brindaban aniquilando a otros terribles competidores como los insectos fitófagos, frente a los cuales, debían sentirse bastante desprotegidos. Por tanto, los escorpiones jugaron un papel dual, complejo, mucho más rico en matices que el actual. Eran seres poderosos, malignos, pero que podían resultar beneficiosos en ciertas circunstancias.

La presencia de la ‘araña’ en estas culturas resulta bastante más oscura e indirecta. La información disponible procede de fuentes escritas y apenas cuenta con iconografía (fig. 10). Por algún motivo la araña no suele disponer de representaciones gráficas, o son muy escasas, a pesar de jugar, como luego se verá, un destacado papel en los sistemas mitológicos. Este fenómeno se repite, misteriosamente, en otras culturas. Entre los sumerios, la araña aparece vinculada a Ishtar y especialmente a Atargatis (diosa asiria). También a Astarté, Innana y otras. Es preciso señalar que el número de divinidades entre estos pueblos no tiene nada que envidiar en densidad y mestizaje al panteón egipcio, quien probablemente importó algunos elementos.

Las diosas mencionadas son un arquetipo que se repite en muchas otras culturas posteriores relacionadas con la diosa madre o diosa de la fertilidad. Esta parece una tradición que arranca en el Neolítico y que se extendió por casi todo el Mediterráneo. En los orígenes, la diosa es representada como una figura de pechos enormes, grandes caderas y abdomen. Carnalidad femenina, maternidad o todo a un tiempo. El agua es un elemento estrechamente vinculado a la diosa, como fuente de vida. Los ritos religiosos sumerios estaban muy relacionados con la muerte (incluían sacrificios humanos), pero también con el sexo, transunto de la fertilidad, hasta tal punto que algunos de sus textos clásicos son casi pornográficos.

Es habitual que creación y fertilidad formen una pareja indisoluble. A su vez, existe una relación biunívoca entre fertilidad, por una lado y sexo y agua, por otro. Resulta lógico: en el mundo animal el sexo es el mecanismo de reproducción; en el vegetal, este papel es asumido por el agua, especialmente en culturas agrícolas primitivas. Por esta razón los símbolos de Atargatis son conjuntamente la araña y el pez. La araña crea un universo geométrico, ordenado, a partir de sí misma, extrayendo hebras de seda de su propio cuerpo y formando estructuras de una maravillosa perfección. El pez representa el agua, el elemento esencial para la obtención de la cosecha y, según algunos autores, a la fertilidad por su apariencia de vulva femenina (girándolo 90º grados y dejando la figura del pez mirando hacia abajo).

Atargatis/Ishtar es además de Gran Madre y diosa de fertilidad, tejedora del destino, en el que quedan entrelazados los hombres. Hay otros elementos que caracterizan a la araña y que difícilmente pueden pasar desapercibidos: su capacidad para inocular veneno a través de la mordedura y su habilidad para capturar presas gracias al uso de telas como trampas. La asociación de la araña a la diosa resulta ratificada precisamente por estas capacidades. Un poema sumerio dice respecto a Innana: ‘Cual un temible león con tu veneno aniquiliste a los hostiles y a los desobedientes’. Atargatis, Ishtar y la antigua Innana son siempre la diosa de la guerra para los pueblos mesopotámicos. Amor (maternal y carnal) y guerra conforman una unidad y no elementos enfrentados. Creación y destrucción (o vida y muerte) son caras de una misma moneda, la diosa, y su símbolo, la araña (o en ocasiones, el escorpión, fig. 11).

Por tanto, aunque la iconografía disponible de la época es relativamente limitada, creo que existen pocas dudas sobre la vinculación entre la araña y la principal deidad mesopotámica. El complejo Atargatis fue origen de otros mitos, tal vez gracias a los Fenicios que la exportaron a diversos lugares y quienes cuentan con pocas referencias artrópodas en sus teogonías (escarabajos mortuorios y motivos decorativos relacionados con la fase de metamorfosis de los lepidopteros, y poco más; pero ver fig. 12 y 13). En las líneas siguientes veremos que existen sorprendentes coincidencias con otras mitologías: Neith, Anansi, Madre-Araña o incluso Ix Chel, diosa maya del otro lado del Atlántico y 2.000 años más joven. En algunos casos ha podido tratarse de exportaciones mitológicas, pero en otros queda patente que simplemente se ha producido una coincidencia en los hechos observados y en su elevación a símbolo o incluso mito. Lo extraordinario es que estas coincidencias parecen rozar lo paranormal.

Siquiera por citar algún ejemplo de insecto en la iconografía de la región y época, puede verse en la fig. 14 un grabado mesopotámico (hacia 700 a. C.) en el que se representan a dos sirvientes acarreando granadas y langostas para ser comidas. Probablemente éste es uno de los primeros ejemplos en los que se recoge sin lugar a dudas la entomofagia como actividad cotidiana. No sería de extrañar que, en base a lo previsto por Harris (1989), fuera el débil consuelo de los tiempos de plaga. Otro caso curioso es el recogido por Betoret (1993) en alusión a la extensa literatura sumeria y al poema de Gilgamesh, donde existen referencias a odonatos, un animal poco frecuente en la literatura antigua.

Escarabajos y jeroglíficos egipcios

La civilización egipcia se prolongó durante más de tres milenios, desde el periodo predinástico tardío hasta el Grecorromano. La mitología e iconografía del Egipto faraónico son unas de las más ricas y variadas del mundo antiguo. Los egipcios llenaron sus hogares, templos y tumbas de obras artísticas de todo tipo: pinturas, esculturas, ornamentos, utensilios, joyas, amuletos.... pero ellos no deben ser considerados como simples objetos o elementos decorativos; al contrario, se trata de un fenómeno totalmente religioso o al menos mágico, a través de los cuales se representaban sus creencias e ideas sobre la naturaleza del cosmos.

Para nosotros, los símbolos son una simple abstracción, evocadora de una idea u objeto real; para el egipcio arcaico, cuya percepción del mundo era visual y profundamente mágica, símbolo y objeto evocado fueron básicamente lo mismo. El nombre de una persona no es sólo una manera de identificarle: forma parte de su misma esencia. Es difícil hacerse una idea precisa de este tipo de percepción. Un ejemplo moderno equivalente podría ser el de la fotografía de un pariente muy cercano o un crucifijo para un cristiano. Son objetos materiales de papel, madera, metal o vulgar plástico, pero al tiempo son símbolos transcendentes y resulta complicado distinguir sus aspectos materiales y espirituales. ¿Quién rompe una fotografía o echa a la basura un crucifijo por muy deteriorado que sea su estado? Los egipcios mantuvieron este tipo de vinculación con un gran número de objetos y manifestaciones plásticas. Además de las pirámides y otros grandes monumentos, el arte egipcio es célebre por sus jeroglíficos, conocidos como medu netcher, es decir, ‘palabra de dios’, idea que subyace en la propia palabra ‘jeroglífico’ acuñada por los griegos. Se trata de un sistema de escritura reservado a actividades rituales, artísticas y religiosas.

No obstante los egipcios disponían de otra escritura cotidiana para correspondencia y administración llamada hierática, compuesta por trazos rápidos y cursivos carentes de simbolismo.El inventor de la escritura fue el dios Thot. Los signos son, para el egipcio, el significado, hasta tal punto que en sus jeroglíficos fúnebres aparecen escorpiones sin cola o serpientes con un puñal clavado, pues debido a esta equivalencia absoluta surgía el problema de evitar que una persona enterrada fuera agredida por el escorpión o la serpiente (es decir ¡por sus símbolos!).

El escarabajo es, con diferencia, el artrópodo más conocido desde el punto de vista etnoentomológico gracias a las creencias del Egipto antiguo y a lo extendido de su iconografía. Cambefort (1987, 1994) ha llevado a cabo una investigación exhaustiva sobre las creencias y mitos asociados a los coleópteros, con especial atención a la cultura egipcia. Martín-Piera (1997) sintetizó esta información y destacó el, en ocasiones, sutil paso que va desde la interpretación teológica de los fenómenos naturales a la racional y científica. Y es que la entomología aplicada primitiva y la cultural son, en muchos sentidos, la prehistoria de la entomología científica.

El escarabajo tiene varios significados (figs. 15-17); el principal es el de la ‘autocreación’ porque los egipcios pensaban que el animal nacía por sí mismo a partir de una bola de estiercol. Jeper (nombre egipcio del escarabajo pelotero) significa ‘llegar a ser’. El ciclo vital en el caso de los escarabajos coprófagos ayudó a fundamentar el mito gracias a su relación con el excremento, materia innoble, pero elemento más o menos mágico en las primitivas culturas agrícolas a las que no pasó desapercibido su efecto revitalizador sobre las cosechas. Otras costumbres ayudaron a confirmar estas ideas: el enterramiento del animal en el suelo y su aparente muerte (reforzada especialmente en el caso de la ninfa, de extraordinario parecido con la momia en su sarcófago) y su posterior renacimiento y emergencia, incluyendo la coincidencia temporal con la crecida del Nilo (otro elemento fundamental en las actividades agrícolas)...

El escarabajo fue equiparado con el dios Atum (dios creador) y más tarde, con el dios solar Ra, pues se consideraba que el coleóptero, después de crear una forma perfecta (la esfera) del caos, la empujaba como Ra empuja la esfera solar a través del cielo todos los días. A ello ayudan circunstancias como que estos escarabajos son de actividad matinal, que Oriente —por donde se pone el sol— es el reino de los muertos y el escarabajo termina enterrándose en el suelo (otro trasunto del citado reino) y algunos rasgos morfológicos del animal como las protuberancias de la cabeza que parecen rayos solares y que, de nuevo, lo vincula a la teofanía solar. No es extraño que hayan llegado hasta nosotros miles de escabaeos (fig. 15) y otros pequeños y poderosos amuletos, así como una rica variedad de símbolos y representaciones.

Pero la entomología cultural egipcia va mucho más allá. Otros artrópodos forman parte de esta compleja iconografía. Uno de los más importantes, además del escarabajo, es la abeja, representado por el símbolo bit (figs. 17, 18-19). Es un insecto de significado solar y vinculado, en consecuencia, al dios Ra. La leyenda dice que en una ocasión Ra lloró y sus lágrimas se convirtieron en abejas al llegar al suelo. La abeja fue utilizada como símbolo real, y representaba al Bajo Egipto (mientras que el junco lo era del Alto Egipto; es habitual encontrar ambos símbolos unidos; fig. 17), donde la corona terminó denominandose bit, así como el propio rey. En ocasiones la abeja aparece sin cabeza para conseguir una imagen inofensiva (se consideraba que picaban con la cabeza) (fig. 19b). Constituyó igualmente un símbolo de los iniciados y de la sabiduría, como las hormigas (en una suerte de coincidencia filogenético-cultural) (fig.19a).

La apicultura era bien conocida por los egipcios (fig. 18). Es preciso tener muy presente la extraordinaria importancia de la miel en las culturas anteriores al siglo XVI (momento en que se produjo el auge del cultivo de caña de azucar). El sabor dulce significa que el alimento está maduro y en condiciones de ser ingerido. La miel y sus productoras, las abejas, han tenido por ello un papel destacado en casi todas las culturas antiguas y no es extraño que las primeras formas de ganadería tuvieran que ver con las abejas. La miel silvestre ha sido considerada en muchas culturas, desde Mali a los pueblos celtas como el alimento de los dioses.

Como todos los animales peligrosos el escorpión recibió en Egipto una veneración divina (figs. 23-25). Representaba junto a la serpiente una encarnación de las potencias del caos amenazantes del orden del mundo. Sin embargo, si se podían dominar resultaban beneficiosos. Tal vez por ello se llevaban pequeños amuletos en el periodo Arcaico, posiblemente como protección. El escorpión era ya previamente conocido como signo zodiacal (fig. 25). Inicialmente fue asociado a un rey –denominado Rey Escorpión–, aunque posteriormente sus poderes fueron asociados a la diosa Selket (fig. 23-24), protectora de nacimientos y de los cadáveres momificados durante el enterramiento. Existen varias leyendas sobre el tema. Los halcones (representación del dios Horus) eran venerados en Egipto porque se alimentaban de escorpiones, así que su destrucción resultaba ser un acto benéfico. El mito del escorpión ha sido abordado recientemente en Monzón & Blasco (1995, 1996).

Junto al escorpión, la araña jugó un papel poco conocido pero fundamental. Era el símbolo de la diosa Neith, la ‘madre de los dioses’ (fig. 22). Como en Mesopotamia, las representaciones de la araña son prácticamente inexistentes a pesar de ser un símbolo destacado y de la extraordinaria productividad de los artistas egipcios. El culto a esta diosa es muy antiguo y se remonta al periodo Predinástico (finales del V milenio-3200 a. C) en la región del delta del Nilo. En la ciudad de Esna es representada en ocasiones con el pez Lates. Sus atributos era el arco, las flechas y el escudo. Al igual que en las culturas mesopotámicas, la araña terminó convertida en mito creador, primero como Madre de Ra, luego como madre de todos los dioses y por último ‘creadora del semen de los hombres y los dioses’, y asociado a la fertilidad, además de a la caza y a la guerra. Esta ambivalencia vida-muerte está presente en sus títulos: ‘amamantadora de cocodrilos’ y ‘la Terrorífica’, es decir, tierna madre y monstruo feroz. Es también una divinidad funeraria, una de las guardianas de los vasos Canopes y quien ofrecía los vendajes para el cuerpo del difunto. Fue considerada también la inventora del tejido y patrona de las hilanderas. Con todos estos atributos parece evidente la relación de Neith con la araña en sus múltiples facetas de divinidad creadora, experta cazadora/guerrera y consumada tejedora.

Aunque como simple hipótesis, es curioso que un animal cuya característica más destacable es su capacidad para construir telas y, por tanto, para predar sobre otros invertebrados sea nombrado guardián de los vasos donde se introducían las vísceras más importantes del difunto. No puedo quitarme de la cabeza que las moscas y otros necrófagos debían sentirse atraídos hacia estos lugares y, por tanto, que debía ser vista con muy buenos ojos la actividad de las arañas como aparentes defensoras de los restos. Selket –el escorpión, otro gran depredador de insectos– era también guardián de los vasos Canopes.

En Melic (1997a) se recogen otros artrópodos menos conocidos pero igualmente presentes en los jeroglíficos e iconografía egipcios. Entre ellos, son destacables, por ejemplo, el ciempiés (fig. 20). En textos incritos en las pirámides se dice que ‘la serpiente pertenece al cielo y el ciempiés a la tierra’. La relación entre patas y suelo parece evidente. Con tal número de extreminades, se es necesariamente terrestre. En Heliópolis se veneraba al dios Sepa bajo el nombre del ciempiés y se le invocaba contra los animales malignos y los enemigos de los dioses. El ciempiés ha sido venerado en diversas culturas (por ejemplo, la Maya). Langostas, libélulas y mariposas (especialmente la primera) aparecen en algunos relieves, pero generalmente como simples elementos ornamentales (figs. 21, 27, 28, 29). La langosta, sin embargo, debió tener una cierta importancia, especialmente por su presencia como plaga. Existen también referencias al cangrejo, directamente relacionadas con los signos zodiacales.

Una de las representaciones más antiguas que se conocen del Zodiaco fue hallada en Egipto incluyendo la imagen del crustaceo junto al escorpión (figs. 25-26). Dos insectos más tienen una cierta importancia. La hormiga era símbolo del conocimiento o la inteligencia, porque el animal encuentra todo lo que el hombre esconde cuidadosamente y al contrario que otros animales jamas se equivoca al volver al nido. La hormiga es símbolo del iniciado que llega al conocimiento de lo que los sacerdotes esconden al vulgo. Curiosamente, la etimología de ‘hormiga’ tiene que ver con el verbo circuncidar y así los iniciados en las doctrinas secretas de los sacerdotes eran circundidados, del mismo modo que las hormigas circuncidan la extremidad de las espigas para sacar el grano. Por último, la mosca está también presente, algo bastante insólito, pues a pesar de su vecindad constante con el hombre en muy raras ocasiones ha formado parte de su patrimonio mítico o artístico.

Aunque existe constancia en estas civilizaciones de la presencia de enfermedades graves, como el tracoma, productor de ceguera, la mosca tenía carácter de amuleto protector (fig. 30). Un mago amenaza en un texto: ‘penetro en tu cuerpo como mosca y veo tu cuerpo por dentro’, lo que implica que conocían aspectos de la biología del díptero, algo nada extraño en una civilización tan vinculada con la muerte y los ritos funerarios. También aparece como símbolo de valentía, porque no son fáciles de ahuyentar. Así a los soldados que habían mostrado sus buenas cualidades en el campo de batalla se les condecoraba con una mosca de oro.

Abejas cretenses y mariposas griegas

La civilización cretense se halla inmersa dentro de la vasta cultura Griega, pero tiene algunas características propias.

Aproximadamente hacia el 1.400 a. C. en la isla de Creta se adoró a Melisa, diosa de las abejas y las flores, representada como una abeja con los brazos, pechos y cabeza de mujer (fig. 31). Estaba relacionada con los Misterios de Éfeso y Eleusi, donde las sacerdotisas eran llamadas ‘abejas’ y el sumo sacerdote, ‘rey’, palabra que era utilizada para designar a la ‘reina’ de las abejas (figs. 32-33). Resulta especialmente significativa la relación insecto-flor que se produce a través de la diosa Melisa en claro reconocimiento al vínculo natural, pero también destaca dentro del pensamiento griego el reconocimiento explícito de la complejidad de la organización social de la abeja (algo ya señalado indirectamente en la tradición egipcia, que consideraba a los insectos sociales como la abeja y la hormiga un símbolo de la sabiduria y el conocimiento). Los griegos compararon frecuentemente sus sociedades y las humanas y no es de extrañar que fueran éstos los inventores de términos como ‘reina’, ‘obrera’, etc, como proyección de las categorías sociales a las colmenas. Las casas comunales prehistóricas de la isla de Creta mostraban una estructura semejante a la de la colmena.

La presencia de insectos en el arte griego quedó ampliamente recogida en el libro Greek Insects de Davis & Kathitithamby (1986). Bellés (1997a) y Moret (1997) han complementado esos resultados. El arte y mitología griegos recoge un número amplio de referencias artrópodas. No obstante, resulta un tanto pobre en relación a antecedentes tan extensos como el mundo egipcio, especialmente ante la vastedad de los temas tratados en la cultura griega. Sin embargo, es destacable el desarrollo de los conocimientos zoológicos gracias a Aristóteles, a quien podemos considerar el primer entomólogo de la historia. Las manifestaciones artísticas con artrópodos incluyen, por supuesto, obras literarias y no sólo científicas. Por ejemplo, las fabulas de Esopo o las satiras de Aristófanes (Las Avispas, Las Moscas) en las que los jueces son comparados con avispas y sus sentencias con aguijones. Homero incluye referencias a varios tipos de himenópteros diferentes, lo que implica un cierto conocimiento de la vida de los insectos. Los griegos bautizaron a varios centenares de artrópodos.

Bellés (1997a) seleccionó y comentó varios ejemplos de iconografía entomológica griega y Moret (1997) hizo otro tanto con un ejemplo perfecto del amplio nivel de observación del artista que representó a dos avispas Polistes practicando complejos comportamientos (denominado trophallaxis) consistente en compartir una gotita de alimento regurgitado. Moret (1997) también llamó la atención sobre ciertos ritos que relacionan a Zeus, al menos en las mitologías más primitivas, con el escarabajo coprófago, tal vez como reminiscencia de la mitología egipcia. Además de ciertas figuras de barro cocido minoicas que representaban a Copris, aparecen himnos invocadores de Zeus en términos de: ‘Zeus ¡tú el más glorioso y el mayor de los dioses, tú que te vistes del estiércol de oveja, de caballo y de mula!’. Posteriormente esta relación se fue perdiendo.

Las ilustraciones de insectos en cerámicas griegas son escasas. La vasija de la fig. 34 (que sirvió de portada al volumen ‘Los artrópodos y el Hombre’) ilustra una avispa en el escudo de un guerrero. Era un símbolo de la ferocidad de estos animales que se pretendía trasladar a los soldados. Recordemos que los avisperos eran utilizados como arma de batalla, lanzados sobre las tropas enemigas en toneles que se destrozaban y de los que emergían ordas enfurecidas que les hacía huir. En general, todos los artrópodos venenosos han sido vinculados a la guerra y/o la caza. Es el caso del escorpión, de la araña y de la avispa. Pueden citarse ejemplos de otros artrópodos en cerámicas, escultura, etc, como langostas, abejas o incluso animales fabulosos (como el formicoleón, imposible simbiosis de un cuerpo de hormiga y una cabeza leonina).

No obstante, un insecto parece jugar un papel destacado dentro de las creencias griegas. Se trata de la mariposa, insecto que ha tenido dos tipos de significados. Inicialmente, por ejemplo en Micenas, fue considerada un símbolo de la Diosa Madre aunque posteriormente este vínculo fue relajándose (fig. 35) o simplemente reinterpretado por razones un tanto oscuras. Un buen número de arqueólogos e historiadores sostienen desde hace varias décadas que el antiguo culto de la diosa-madre (al que responderían los modelos de Atargatis/Ishtar y Neith de Mesopotamia y Egipto, respectivamente) fue derrocado por una mitología masculina, a través de la fuerza o de la simple competencia.

La fig. 38, en la que aparece el símbolo de la doble hacha en una vasija cretense, puede ser un buen ejemplo de esta corriente profunda. La interpretación de algunos arqueólogos (por ejemplo, Gimbutas, 1989; Gimbutas & Marler, 1991) es que este símbolo representa a la diosa-madre o diosa-universal, un mito antiquísimo que duró desde el Neolítico hasta el segundo milenio a. C. en el Mediterráneo y que encuentra su mejor expresión en las figuras asociadas a la fertilidad (venus de grandes pechos y caderas). A partir de entonces se iría produciendo una paulatina apropiación de los poderes femeninos por los masculinos y la sustitución de muchos símbolos. La doble hacha parece ser una figura evolucionada (¿masculinizada?) de uno de los símbolos propios de la diosa: la mariposa. Lo cierto es que la asociación de la mariposa con la Gran Madre sólo puede rastrearse en las etapas más antiguas de la mitología griegas. Luego tiende a desaparecer. Pero la mariposa no perdió su rica carga simbólica y fue considerada el vehículo del alma después de la muerte. A ello ha contribuido su vuelo indeciso y vacilante, la nocturnidad de muchas de sus especies y, por tanto, su relación con los espectros nocturnos y especialmente su metamorfosis, de crisálida, rígida e inmóvil como un cadáver a un adulto volador, que sería el alma liberada. Su nombre, Psiche, de hecho, significa ‘alma’ y la palabra es utilizada para designar ambas cosas, alma y mariposa (Gil Fernández, 1959; Moret, 1997).

Esta percepción permanece en la mitología cristiana, como el alma abandonando el cuerpo tras la muerte. Pero también en culturas tan dispares como la Maya, para quienes las mariposas eran las almas de guerreros y parturientas muertas en su camino al cielo Tlalocán; o entre los aborígenes australianos quienes las consideran el retorno de los espíritus de los muertos. Para los mahoríes de Nueva Zelanda representa la inmortalidad (a pesar de que son animales que viven muy poco tiempo). En todo caso, el papel de la mariposa como símbolo suele ser ciertamente complejo (ver, por ejemplo, Grustán, 1997) y encierra connotaciones tanto positivas como negativas.

Una de las más insospechadas relaciones de la mariposa-alma es con el sexo y el semen. El nombre antiguo de ‘mariposa’ era phallaina, que viene de phallos, es decir, falo (Moret, 1997). Esta relación entre mariposa y falo queda patente en la vasija de la ilustración (fig. 36), en la que una mariposa revoltea bajo las gotas de semen de uno de los personajes. Y es que si la mariposa es un animal ansioso de vida ¿qué mejor líquido para ser libado? Su relación en la época minoica con la Gran Madre (y, por lo tanto, con la fertilidad) ratifica esta asociación. La condición de espectro o fantasma vincula a la mariposa con el lado oscuro y tenebroso más profundo de nuestra mente. Las mitologías germánicas son rotundas a este respecto. Sílfides, hadas, seres mágicos del bosque son entidades básicamente iguales a almas vagantes o en pena. Las Hadas, cuya ‘ecología’ tiene muchas similitudes con las de las mariposas nocturnas (Grustán, 1997), son consideradas en muchas culturas como las almas de niños muertos no bautizados o bien como ángeles neutros que no conocen el cielo pero no han hecho nada para merecer el infierno (fig. 37, 39).

Igualmente son seres elementales asociados a demonios. Pueden ser mágicas, pero tienen un lado tenebroso y malvado. Lucifer tiene una marca de mariposa y en centroeuropa existen incluso festividades señaladas (por ejemplo, 22 de febrero en Westfalia) en la que se realizan
aun hoy en día ritos de expulsión de polillas... pues son augurio de calamidades y malos presagios. ¿Y qué decir de aquellas especies tocadas con símbolos especialmente lúgubres? Acherontia atropos presenta el símbolo de la calavera en su tórax (figs. 42-43). Sólo puede ser, pues, heraldo de la muerte. Hay otras especies americanas similares y la etimología de los Lepidopteros está plagada de referencias cargadas de connotaciones negativas. Ambas ideas, alma/muerte y sexo, tienen razones para convivir.

La calavera subrealista de mujeres desnudas de Dalí las refunde y confunde (fig. 43). Es una dualidad tan drástica como la existencia de dos grandes grupos de lepidópteros, los diurnos (Rophalocera) y los nocturnos (Heterocera). Los primeros, seres coloridos, deslumbrantes, trasunto de la traidora y voluble belleza, son la ‘mujer pintarrajeada’, la prostituta o la geisha. Amor falso e inconstante, aunque deslumbrante. Los últimos, morosos en sus colores (¿quién los precisa en lo más tenebroso de la noche?), no pueden ser sino entidades amenazadoras, hostiles y malignas. O Xochiquétzal e Itzpapalotl, las dos divinidades lepidopterológicas entre los Mayas, del otro lado del océano.

Un animal que guarda cierta semejanza simbólica con la mariposa griega es la cigarra, como consecuencia de su retorno del mundo bajo tierra, en el que pasan largos periodos, para emerger aladas, liberadas. Retorno e inmortalidad son dos ideas asociadas. Lo curioso es que, de nuevo, aparece un hilo que relaciona a este animal con eros y el sexo, incluso en algunos diálogos platónicos. La dialéctica como instrumento de Eros, o la canción de la cigarra como llamada sexual.

Una referencia clásica de la cultura helena es la leyenda de Aracné en la que una doncella lidia es convertida por la celosa diosa Atenea en araña y condenada a tejer etermanente (figs. 40-41). Todo comenzó como una apuesta entre la diosa y la joven, una auténtica artista en el arte de tejer. Aracné se mofó de la diosa y la retó a un concurso de tapices. Atenea preparó el suyo (relativo a la ciudad de Atenas) pero Aracné usó su habilidad para representar escenas muy realistas de las infidelidades de Zeus. A pesar del aparente éxito de Aracné, Atenea tocó la frente de la muchacha y ésta se arrepintió de haberse burlado de los dioses. Inmediatamente después se suicidó, pero Atenea se apiadó y le devolvió la vida. Eso sí, convertida en araña. El mito parece tener una función de tipo moralizante: no es conveniente molestar a los dioses. Ahí parece acabar todo.

Realmente siempre me ha llamado la atención el hecho de que una mitología tan omnívora y rica como la griega no incluyera referencias más amplias a la figura de la araña. Sin embargo, esta carencia es más aparente que real. Este mito menor es la clave. Atenea es una de las diosas más poderosas de la mitología griega (entre otras cosas, porque nació de la cabeza del mismísimo Zeus). Casi siempre es representada con coraza y diversas armas en su calidad de figura militar y gran consejera (fig. 40). Es una divinidad asociada directamente a la guerra, pero también a la sabiduría y la astucia (emergió de la cabeza de Zeus y es consejera militar).

De nuevo están presentes dos de los elementos clásicos asociados a la figura de la araña en Egipto y Mesopotamia. Pero además Atenea era considerada diosa de las artes y la habilidad. Junto a Hefestos, era la protectora de los oficios y de las actividades domésticas tradicionalmente femeninas como hilar y tejer (de ahí que Aracné retara a Atenea y no a otras divinidades: se quiso medir con la diosa del hilado). Lo que sí parece faltar en la mitología griega son las referencias a la creación y la fertilidad, aunque para algunos autores (p.e., Herodoto, o Graves, 1980, 2001), Atenea es una forma importada y ‘evolucionada’ de la egipcia Neith.

Atenea, aun siendo protectora de las actividades de las mujeres casadas, era considerada virgen y soltera, pero ello no debe representar un problema. Las mitologías antiguas convertían en divinidades guerreras a diosas vírgenes o no casadas. Pero además, el acto creador de la araña es ciertamente singular. La fertilidad del animal no está relacionada con la cópula con el macho (habitualmente más pequeños, menos visibles pues se dedican a corretear buscando hembras, y de vida mucho más breve), ni con la puesta.

La creación araneológica es un acto aparentemente asexuado, pues su obra es la tela, el cosmos, que emerge de sí misma. Virgen y Madre, incluso en religiones modernas, son estados perfectamente complementarios. No obstante, los mitos de la creación helenos son bastante confusos. De hecho, existen varias versiones enfrentadas en los textos clásicos. En uno de ellos, por cierto que ateniense (Atenea, además de dar nombre a la ciudad, era su protectora), relativo a los orígenes de la humanidad, aparece la figura de la diosa como protagonista indirecta. El dios Hefesto intentó violar a Atenea, que lo rechazó. Hefesto eyaculó sobre el muslo de la diosa, quien limpió el semen con un trozo de lana (otro tejido, como la seda) y lo tiró al suelo, asqueada. Del trozo de lana nació Erectonio, futuro rey de Atenas. Un hombre, pues, nacido de la tierra. Atenea no creó a los dioses, pero sí a todo un rey ateniense.

Chinches acuáticos iberos

Otros muchos pueblos mediterráneos han manejado imaginería artrópoda en sus manifestaciones. Los Iberos son posiblemente uno de los más curiosos por sus motivos decorativos. Moret (1996) nos brindó buenos ejemplos de su arte. El pueblo Ibero residió al final de la edad de Hierro en el Sureste de España (Murcia, Aliante, Albacete, Valencia) y decoraban sus cerámicas con motivos geométricos. Éstos son apenas los únicos registros que nos han quedado de sus creencias y prácticas artísticas. Aparecían vegetales y algunos animales comunes a otras iconografías (lobos, aguilas, serpientes... y el conejo, endémico del sureste). La representación no era realista, sino muy esquemática, con fines simplemente espirituales o simbólicos.

La presencia de representaciones de insectos en el arte ibero es un fenómeno singular. Los griegos, considerados sus maestros por los arqueólogos, y como ya hemos visto, introducían relativamente pocos insectos en sus cerámicas. Los chinches acuáticos o ‘zapateros’ son su motivo más pintoresco y repetido. La figura geométrica del ‘zapatero’ ha sido interpretada, no obstante, de diversas formas: como un rayo jupiterino, como un esquema antropomórfico o como un monograma simbólico, además de como un insecto acuático. Las dudas surgen de la diversidad de situaciones en que aparece: junto a un guerrero, flotando entre las patas de un caballo o perseguido por un pez (fig. 44).

No es habitual que los artrópodos aparezcan por sí mismos en las representaciones artísticas. En general o tienen un significado religioso (divinidades, actos propiciatorios) o son simples motivos simbólicos, alegóricos. A veces sin embargo surge la excepción y el caso de los zapateros puede ser uno de ellos. Moret (1996) señala otros ejemplos dentro de la cultura Ibera: en la fig. 45 puede verse a un mosquito o tábano succionando a un pájaro, lo que implica una sensibilidad especial de los Iberos ante los artrópodos (o algunos de ellos), algo que contrasta –y mucho– con la de culturas previas (y posteriores). Aunque siempre hay excepciones.

Los romanos apenas realizan aportaciones significativas a la iconografía artrópoda. Las principales hay que buscarlas en textos escritos como los de Plinio y Claudio Eliano, que no obstante tienen más de obra enciclopédica, sistematizadora, pero meramente recopilatoria, que de investigación novedosa. Algo así ocurre con las restantes artes plásticas. Después, en el área circunmediterránea, las cosas tendieron a empeorar para la entomología cultural. No faltaron, aquí y allá, motivos, referencias, mitos o supersticiones, pero los artrópodos desaparecieron de los primeros puestos en la jerarquía mitológica y de las preferencias estéticas.

La expansión del cristianismo y otras religiones monoteístas fue un elemento importante, esencial, en la erradicación de las zoolatrías previas y el paganismo, así como en la restricción en el uso de motivos alegóricos y simbólicos. Los libros sagrados (la Biblia, el Corán) incluyen referencias a los artrópodos pero suelen ser escasas y profundamente negativas. La más clásica es la visión de los insectos como plagas. Recordemos las bíblicas de Egipto: langostas (octava), mosquitos y tábanos (tercera y cuarta) y las presentes en el Corán, donde solo aparecen cinco, de langostas y piojos. Las creencias relacionadas con artrópodos pasaron a la división de meras supersticiones y con el tiempo, se fue perdiendo gran parte del simbolismo y magia asociados a insectos y arácnidos, aunque, por suerte, nunca ha desaparecido por completo.

Cigarras y grillos orientales

La impresionante civilización china es imposible de condensar en unas pocas líneas. Por suerte, no lo pretendemos, pero su gigantismo y duración hacen difícil la búsqueda y selección de algunos ejemplos que puedan ilustrar el papel de los artrópodos en su cultura. Es preciso comenzar destacando el papel de los insectos desde el punto de vista de la entomología aplicada. China fue el primer pueblo en utilizar la seda de Bombyx mori (‘gusano de seda’), al menos en el 2.600 a.C. Al parecer fue una emperatriz la que se interesó por el asunto (Si-lung-chi), de tal modo que este insecto llegó a afectar seriamente a la historia económica del imperio durante muchos siglos. Tan importante llegó a ser el comercio de la seda que estaba prohibido sacar de China los huevos o las orugas y arrancar una ‘morera’ era castigado con la muerte (fig. 50).

Pero además de inventar la sericicultura (incluida la araneicultura), China fue una pionera en la lucha contra las plagas a través del control biológico mediante insectos depredadores. En el s. III a. C. se vendían nidos de Oecophylla smaragdina (una hormiga) en los mercados para controlar las plagas de cítricos. El uso de tintes, la farmacopea entomológica o el primer relato del que se tenga constancia relacionado con la entomología forense son también de origen chino. Teniendo en cuenta estos antecedentes sería de esperar que los ejemplos de insectos en las artes y en la mitología fuera rico y extenso. Sin embargo, no es el caso. En primer lugar, la entomología cultural no se ha ocupado muy a menudo de los ritos y tradiciones asiáticas, incluyendo China.

Todavía están por redactarse trabajos extensos sobre la etnoentomología del sur y sureste asiáticos, así como de Asia continental. Y en segundo lugar, las peculiaridades de las religiones imperantes, el taoísmo y el confucionismo, y de la filosofía china (con frecuencia, entremezclada con la religión) no permiten esperar grandes sorpresas en forma de representaciones o mitos-artrópodos. Sin embargo, esa misma ideología, profundamente espiritual, armoniosa e integradora del hombre respecto a la naturaleza, unida a la importancia del conocimiento defendida por las religiones, ofrece como resultado una extraordinaria sensibilidad de la cultura china frente a los insectos y otros pequeños organismos. Por tanto, es posible rastrear la presencia de bellas mariposas en cerámica y otros objetos, ortópteros en cuentos y poemas de hace casi 2.000 años, leyendas sobre cigarras y otras referencias (figs. 46-48). Vamos a ocuparnos de algunos casos especiales.

Un ejemplo destacable es el de los grillos, considerados cantores extraordinarios. Existen múltiples documentos escritos, incluso anteriores al 500 a. C., en los que se alaban las poderosas melodías de los grillos. En la dinastía Tang (618 - 906 d. C.) el aprecio se transformó en industria, extendiéndose la costumbre de enjaular grillos (y algunos otros insectos cantores) en jaulas de todo tipo que eran vendidas en los mercados. Actualmente todavía se mantiene esta tradición que dió origen a una amplia gama de objetos decorativos en los que mantener en cautividad al animal y a toda una profesión de comercio ambulante. La pasión por los grillos fue en aumento y ello dió origen a la redacción de manuales de crianza, cuidado y construcción de jaulas, pero también a la celebración de eventos ‘deportivos’ como la lucha de grillos, que llegó a ser un juego muy popular al bordear el cambio del primer milenio y que, desde entonces, se ha mantenido incluso de forma clandestina (por ejemplo, en la dinastía Qing, o en plena Revolución Cultural). No faltan textos de gran antigüedad, pero también modernos, sobre este deporte nacional chino (fig. 46) (Jin, 1994).

Las cigarras son otro insecto muy presente en las artes y leyendas chinas, asumiendo un papel parecido al de la mariposa en la cultura griega. La cigarra, su complejo ciclo biológico y una metamorfosis ciertamente aparatosa, brinda al budismo magníficas similitudes para enseñar su doctrina. La cigarra es símbolo del renacimiento y la arrugada muda que da pie al adulto alado, espléndida parábola de nueva reencarnación. Así, no es de extrañar que una tradición muy antigua consistiera en introducir en la boca del difunto una cigarra. Lo realmente asombroso es que esta práctica se diera también entre los mayas (Needham, 1971).

No faltan referencias a otros insectos. La mariposa, por ejemplo, representa la inmortalidad (la imagen de una mariposa y una flor de ciruelo era considerado un símbolo de ‘larga vida’). Dos mariposas juntas significan un matrimonio feliz. Al mismo tiempo, la mariposa era considerado un símbolo imperial. La abeja, por contra, y en contra de otras tradiciones, fue considerada un sinónimo de veleidad. Otro himenóptero, la hormiga, simbolizó el trabajo duro, la diligencia, el patriotismo y la vida en comunidad. La langosta marina aparece a los pies del Bodhisattva Kuan Yin como símbolo de propseridad y riqueza.

Aparcando un instante la taxonomía entomológica, es oportuno señalar otros aspectos relacionados con la disciplina y abordados por los chinos. Merece la pena recordar aquí el libro de las Transformaciones de Chuang-Tsu, contemporáneo de Aristóteles y autor además de un cuento breve muy conocido cuya protagonista accidental es una maripoda: ‘Soñé que era una mariposa; después me desperté y era Chuang-Tsu. ¿Quién soy? ¿Una mariposa que sueña ser Chuang-Tsu o Chuang-Tsu que sueña ser una mariposa?’. El texto sobre las Transformaciones es uno de los más antiguos en reconocer —o tal vez intuir— la naturaleza cambiante de la materia viva y la relación directa, ‘filogenética’ podríamos decir, entre todos los organismos (incluyendo, eso sí, algunos fantásticos o mitológicos; fig. 51). Numerosos textos de carácter científico (o protocientífico) incluyen representaciones artísticas de artrópodos (figs. 52-54).

 


La entomología cultural de otros países del sur y este asiáticos es también muy mal conocida. Apenas existen análisis sobre el papel de los artrópodos. Las menciones son aisladas. Las mariposas son un frecuente motivo decorativo en Japón, aunque representa a la geisha y por tanto a la mujer vanidosa y al falso amor. El país cuenta como símbolo nacional con un odonato (Japón es conocida como la ‘isla de la libélula’). Ello no evita que a consecuencia de su vuelo sean considerados un símbolo de la incertidumbre e inestabilidad. Hay referencias también al uso de élitros de bupréstidos en adornos imperiales, a la existencia de una ‘cultura del grillo’ y otra de la ‘seda’ similares a la de China y a múltiples ‘arañas gigantes venenosas’ con las que tienen que enfrentarse algunos héroes (Kintaro, Kumo, Reiko, Tawara, etc.), aunque también es cierto que uno de los más enigmáticos dioses japoneses (Inari, hombre y mujer al mismo tiempo), adopta la forma de araña y, a pesar de ello, es considerado un símbolo de prosperidad y amistad.

También existe una mujer-araña que atrapa y enreda a los viajeros incautos. Las mariposas, además de motivos decorativos habituales representan la alegría. Por su parte, un crustáceo, la langosta marina era signo de buen augurio y regalo obligado en la festividad de Nuevo Año. El ciempiés tenía también una cierta significación (fig. 49). La India y otros países incluyen entre sus leyendas a entidades que son o tienen apariencia parcial de artrópodos. El cangrejo juega un papel interesante relacionado con el sueño de la muerte entre diferentes reencarnaciones. Es curioso que el cangrejo sea un animal con ‘mala prensa’ en gran parte de las culturas que lo consideran, a pesar de ser un signo zodiacal. Así es símbolo del engaño y la evasión (como consecuencia de su andar lateral) o del mal en algunos lugares de África. Entre los hindúes, la abeja recupera su esplendor y deviene signo de Kama, la diosa del amor. Los hindues y budistas desconfían de la araña pues la consideran la tejedora de la trama de las ilusiones. O la araña, tejedora del mundo, donde los seres quedan aprisionados, regresando después, inmóvil, a su centro. Como ejemplos de iconografía de otros países asiáticos pueden verse las figs. 55-61 procedente de India e Indonesia.

En general, Oriente no ha destacado por las referencias artrópodas en su mitología. Las razones pueden estar relacionadas con sus creencias respecto a la reencarnación o retorno. Recordemos que el peor destino posible para un alma era volver como invertebrado (o como un pequeño animal), especialmente en el caso de insectos de vida efímera que nacen y mueren en un solo día y que, en consecuencia, no tienen tiempo de producir un ‘karma’ capaz de permitirles un renacimiento mejor. Ello daba lugar a una serie de renacimientos sucesivos e inútiles, un infinito laberinto del que difícilmente se podía escapar. Lo odioso del renacimiento ‘artrópodo’ puede verse, desde ojos europeos, en La Metamorfosis de Kafka...

Mantis africanas

África, más que ningún otro continente, es una amasijo de culturas, lenguas y religiones. Es prácticamente imposible abordarla como unidad, ni siquiera en un tema tan puntual como la mitología entomológica. A ello deben sumarse dos problemas prácticos: una tradición fundamentalmente oral y la tendencia al uso de materiales poco duraderos en muchas de sus manifestaciones artísticas. Todo ello complica el rastreo etnoentomológico y no es de extrañar que, realmente, apenas existan antecedentes serios y documentados (fig. 62).

De nuevo, como en el caso de Asia (pero también del Pacífico), existen multitud de referencias aisladas, datos o iconografías puntuales y personajes artrópodos en leyendas más o menos locales. No obstante, vamos a referirnos a dos casos concretos que pueden considerarse razonablemente extendidos. Antes es interesante destacar un curioso mito de la tribu Alur que explica el origen de los insectos plaga y venenosos. Al principio estaban todos ellos metidos en tinajas en el cielo. Como las tinajas estaban tapadas, no molestaban. Un día llegaron allí unos viajeros hambrientos que destaparon todas las vasijas en busca de alimentos. Los insectos escaparon y los viajeros tuvieron que salir huyendo hacia la Tierra. Pero aquellos les siguieron y... lo demás, y